Relatos completos (Stories) Spanish and English

  1. Jesús, Jesusín y Doña María
  2. The last afternoon gathering (Translation of La última merienda)
  3. The fire in the river (Translation of El río sosegará el fuego)

Jesús, Jesusín y Doña María

Jesús, Jesusín y Doña María

Jesusín detestaba su nombre. Le estampaba el camino donde quiera que estuviera. Así era en casa de la abuela doña María, quien hablaba constantemente de su atesorada colección de figuritas de porcelana del niño Jesús. Igual era en su propia casa. La abuela María le regalaba una figura del niño Jesús por cumpleaños y otra por navidad. Al recibirlas, Jesusín las contaba y escribía un número en ellas: ya iba por catorce. Las guardaba en una caja, pero cuando la abuela iba de visita se aseguraba de colocarlas sobre una mesa cercana a donde ella se sentaba. También le desagradaba su nombre en el colegio porque los compañeros se burlaban de él: que si era Jesús de verdad o de mentira, que si podría hacer un milagro o dos, que si era hijo de dios o de José. Los padres de Jesusín respondían lo de siempre cuando él preguntaba por qué le pusieron aquel nombre.

—Tu abuela insistió en que debías llamarte Jesús. 

—Pero ¿por qué?

—Ya te lo hemos dicho. Es muy religiosa. No se pierde una misa y hace visitas frecuentes a las monjitas del convento. Además, fíjate qué colección de figuritas del niño Jesús tiene. 

—Pues odio ese nombre y un día me lo cambiaré.

La madre susurró algo que Jesusín oyó de todas maneras.

—La que armará la abuela si hay cambio de nombre.

Los domingos que tocaba almuerzo en casa de doña María, Jesusín eternizaba levantarse, pero nunca lograba eludir el paseo.

—¿Cómo están los niños Jesús?¿Han perdido un dedito o brazo o pie? —le preguntaba la abuela al llegar.

—No, nada, abuela —respondía él antes de terminar de oír la pregunta.

Jesusín comenzaba a ver en casa de la abuela cosas que nunca antes percató. Así fue con lo que descubrió en el techo de la sala al recostarse en el sofá. Cuando su padre lo vio con los ojos allí, contemplando el techo de madera pintado de color cielo, con sus lados como los de un triángulo que se dirigían hacia arriba para encontrarse en un punto central, le preguntó

—¿Qué miras, Jesusín?

—La trinidad.

—¿La qué?

—El techo es un triángulo como el dibujo de la trinidad que nos enseñan en el catecismo. También lo llamamos la santísima. El ojo de dios debe estar por ahí, pero no lo veo.

—¡Qué imaginación, Jesusín!, mejor no mencionárselo a la abuela.

—Ya se lo conté. Me dijo que hablaría con el cura porque quizás tuve una visión. ¿Eso qué es?

—Que tienes creatividad, hijo. Quizás llegues a ser un pintor, un escritor, un político, quien sabe.

Cuando Jesusín entraba al dormitorio de la abuela, se dirigía, sin titubeos, hacia la figura del niño Jesús sobre la mesita de noche. Allí permanecía observándola por largo rato.

—Abuela, ¿el niño no siente frío? Siempre está en pañales.

—El niño es dios, Jesusín, no le molesta ni el frío ni el calor. Al nacer, sus padres lo pusieron así sobre la cuna de paja para mostrar su humildad. El dinero no importa en la vida.

—¿Y con qué compramos cosas si no hay dinero? 

Si la respuesta se demoraba, Jesusín continuaba con las preguntas.

—¿Y el aro que le han colocado detrás de la cabeza?

—Es la luz que rodea al hijo de dios.

—¿Por qué lo lleva así dentro de la cabeza? ¿Y por qué los niños Jesús siempre señalan con el dedo hacia arriba?

—El niño nos bendice con sus manos y, a la vez, nos hace mirar hacia el cielo,  donde está el paraíso de dios y a donde iremos si nuestra conducta es de su agrado.

 —¿Yo me comporto como dios quiere?

—La mayoría de las veces sí.  No vas a la iglesia los domingos, pero eso no es culpa tuya sino de tus padres.

—En las noticias de la tele —continuaba Jesusín— un hombre hablaba con el dedo hacia arriba como lo pone el niño Jesús. Papá dijo que era el presidente de los Estados Unidos. Quizás el niño Jesús también quiera ser presidente un día y por eso copia al hombre de las noticias.

—Hijo, qué dices, el niño Jesús no imita a nadie.

—¿Cuántas figuras del niño Jesús guardas en el armario, abuela? —preguntaba Jesusín de vez en cuando.

—No recuerdo, Jesusín. Tengo que volver a contar.

Doña María mantenía el armario con llave, aunque también lo abría para limpiar las figuritas y para que Jesusín las viera. 

—Abuela, casi no veo las figuritas de allá arriba, en la parte alta del armario. Es igual a cuando nadamos en la piscina y solo vemos los pies de la gente acostada en las poltronas.

—Ya las verás algún día, Jesusín.

Jesusín había oído aquella respuesta en muchas ocasiones anteriores. Sus ojos siguieron, sin pestañear, como la mano de la abuela, con la llave del armario, desaparecía dentro de una caja y salía sin llave.  Sin doña María en el dormitorio, Jesusín sacó la llave de la caja, abrió el armario, regresó la llave a su caja y se subió a la silla que colocó delante del armario. Por fin podría ver a los niños Jesús de las estanterías de allá arriba. Estiró el cuello mientras sus pies descansaban de puntillas sobre la silla. Aún así, era difícil llegar a ver todo lo que estaba en la parte alta del armario. 

Quizás todo fue culpa de los calcetines que le hicieron resbalar. Jesusín sólo supo que cuando sus pies perdieron apoyo en la silla, sus manos se aferraron fuertemente a la estantería donde ya descansaban, pero no pudo evitar caer al suelo con los niños Jesús que dejaban el armario y bajaban con él. Casi a la vez que completaba la caída, se puso en pie y corrió a su escondite en el patio hasta oír a doña María dar el grito que esperaba.

 —¡¡Jesús!!

Cuando la abuela lo llamaba Jesús, costaba moverse y su salida del refugio se demoró unos minutos.

—¡Jesusín, ven a ayudarme! —Doña María hablaba como si le faltara el aire a pesar de la briza soplando en el patio —. ¡Qué cosa más terrible acaba de suceder! Mis niños Jesús están en el suelo hechos pedazos. Debí olvidar pasarle la llave al armario. ¿Pero qué pudo sacudir el armario para que las figuritas terminaran en el suelo?  Solo se me ocurre que Dios lo quiso así, él siempre sabe lo que hace. 

Jesusín siguió a doña María de vuelta al dormitorio mientras su cabeza le daba vueltas a qué sería lo mejor que podría decirle a la abuela, pero ni encontró qué decir ni la abuela dejó un silencio para hacerlo posible. Cuando los dos quedaron de pie frente a los niños Jesús con pies, brazos, cabezas, torsos, dedos esparcidos por el suelo, se oyó la voz de doña María hablar como militar que necesita a sus soldados de pie y listos para la batalla lo mas pronto posible.

— Hay que unir y pegar esto como se debe, nada de la mano o pie de este niño en el cuerpo de aquel. Esto no puede convertirse en la multiplicación de los panes y los peces. ¡Aquí está el pegamento, así que a trabajar!

Después de un rato viendo cómo, a pesar de la advertencia de la abuela, los nuevos niños Jesús se multiplicaban fácilmente, Jesusín dijo —Abuela, ¿sabes que quiero hacer cuando sea mayor?

 —No, Jesusín, nunca me lo has dicho. 

—Voy a abrir una oficina para la gente que quiera cambiar su nombre. Les daré un papel para que puedan decir: ´Mi nombre era Pepe, pero ahora me llamo Alejandro´. Algo así.

—La diferencia entre Pepe y Alejandro se nota. En cambio, Jesús es un nombre que no sé por cuál se podría reemplazar. 

—Yo sí sé —Jesusín hizo una diminuta pausa y subió la voz para añadir— Mi nombre era Jesús, pero ahora soy Presidente.

La figurita que doña María tenía en la mano tocó el suelo con tal estrépito y en tal cantidad de añicos que sólo un milagro haría posible su reparación.

THE LAST AFTERNOON GATHERING (Translation of La última merienda)

THE LAST AFTERNOON GATHERING (Translation of La última merienda)

Summer holiday conversations over lunch in this house are not what they used to be. Through the years, while sitting here in the pergola’s shade, Manuel and I have heard our children and grandchildren debate their ideas loud and fiercely. From those heated discussions what remains now is their sitting on the patio looking lugubrious and speaking to each other in whispers.  Apart from that, one hears nothing but the buzzing of the flies.

‘The family has been speaking in soft voices for hours. If they don’t want us to know what they are saying, only one subject can be in their minds. I imagine they must now have agreed on what they will do,’ I hear Manuel say.

We should have paid more attention to the circulating rumours at the peak of this new pandemic caused by the Amazon armadillo that destroys our digestive systems. How blind and deaf we were not noticing that an unusual number of people over eighty were being isolated after called for health check-ups.  I can only compare it with quality control in a factory: it works, it stays; it doesn’t work, it’s out. We will be annihilated as if we were flies. The worst is that if both parents are alive, their children will need to agree on which one of the two is to depart first.

‘Angelina, are you still thinking that their decision is that I go before you?’ Manuel asks me.

‘Yes, Manuel. With my death, the family will say that you cannot take care of yourself. They will send you who knows where, and soon they will conclude your turn to go has arrived. I know you well and I fear you will die of loneliness after my death. The family recognizes that. They also realize that if I remain alive, they may have a mother for a while longer because I will not be made to disappear without some resistance.’ 

‘How inconvenient it is to have somebody deciding the moment we should die!’

‘Yes, it has made knowing what to do a little difficult.’

We remain in silence until Manuel says. ‘At least by deciding that you go now, and on the assumption that I will die of loneliness, the family would have one dead body only on their hands, even if these decisions are official.’ 

‘After one dead body, two or ten more won’t make any difference. The difficult one is the first one.’

‘You always had wonderful ideas, Angelina. It was so clever of you to remember we still had in the cellar that pesticide we spread on the vines years ago. I had forgotten that it gave the animals just the same symptoms as the ones caused by the armadillo virus, and not one survived.’

‘That reminds me I must get the tea ready. Come with me to the kitchen. Since the doctors keep telling us to avoid anything sweet at our age, the cake I made for tea can be all for the family. I will make one suitable for you and me another day, Manuel.’

As I walk towards the kitchen, I say in a loud voice, ‘My dears, it is tea time’. As soon as I take the cake out of the fridge, one of those hot-summer nuisance flies arrives from nowhere and sits on the cake. I let it stay there while I look at it. It doesn’t move again. I throw it into the rubbish, take the cake to the table and I serve tea.

The fire in the river

The fire in the river (Translation of El río sosegará el fuego)

Jafar says goodbye to the policeman who knocked on his door a while earlier. He goes to the dining-room where his eyes come to rest on the table, laid for dinner with Hadi when he comes home from university. He will have to get used to his meals without his son from now on. 

He paces quickly around the room. When the day started, his life moved along a path below a pallid sky. That sky is now dark. It is impossible to see the road ahead, even less to know its direction. There is, however, one thing of which he is certain, and he must hurry for everything to be ready before Hadi comes home. His pacing stops when a familiar sharp pain sits like a heavy stone in the centre of his chest. He takes in a long breath and, slowly, walks out of the room. 

It is the same ache that struck his body the day he left the home of his ancestors. Since then, the colour and scent of the pomegranate trees in the cool of the night were to exist only in his dreams. Once he heard the rumors of the oppression to come with the arrival of Khomeini in Tehran from Paris a few days later, he accepted the offer of help from his cousin in London and told his wife Anahita to get ready to leave. Anahita, goddess of water, filled Jafar, the river. Now, the water in the river flowed far away from home, carrying them and their son, Hadi. 

They had escaped the political turmoil in their own country, but they could not hide from the one in their new home. The water goddess Anahita evaporated in the fire of an IRA bomb explosion. Anahita left Jafar with a pain in his chest worse than ever before, little air to breathe and a child with no mother.

Since that day, Jafar has seen the growing blaze rise from underneath his son´s feet to validate his Persian name. ´To plant a bomb must be easy. The IRA does it frequently, ´ Jafar often hears Hadi say, whether awake or asleep. Anahita´s words then dance in his head: ’I am the water that fills you, Jafar, the river. For our journey, we need fire. We will call the son we are to have Hadi. ´

Jafar now has everything ready for a new journey for his son and sits by the dining table expecting him to arrive any moment. When a while earlier he saw the policeman at his door, his own silent words moved fast in his head: ´I know why you have come. Tell me quickly what you have to say´. He stood in silence waiting to be told that his son was either dead or a suspected terrorist in the Manchester Arena bombing being reported in the news all day. He found a moment of quiet amongst his tumultuous thoughts to be able to hear that his son´s name was on a list found amongst the belongings of those involved in the Arena bombing, although he was not considered a participant in the attack.

When Hadi arrives, Jafar says “The police were here today asking about you.”

“The police?” Hadi whispers.

Jafar takes a big gulp of air to lighten the heavy weight on his heart and explains what the policeman said. Then, he waits for Hadi´s response.

“I was given instructions to take part in today’s bombing but I refused. I couldn’t do it. I can prove I was not at the Arena and I have witnesses to confirm it. I want you to believe me, dad. Do you?” Hadi says urgently.

“Yes.”

“I couldn’t do it,” he repeats. “I´m a coward,” he adds despairingly.

“You are not a coward. There is huge bravery in your refusal.”

Jafar gets up and takes some papers out of a drawer.

“Hadi, those people who have your name on a list will not be kind to you and will demand you agree to plant the next bomb. This is what is to be done. Here you have your passport and your airfare to fly to Tehran tonight. Your luggage is ready.”

“What are you saying?” Hadi gasped, eyes wide open.

Jafar raises his voice firmly to repeat what he has just said, and Hadi knows there is nothing else to be done.

“My cousin will take you to catch your flight and there will be family waiting for you at the airport in Tehran.”

“How about you? Us?”

“I will join you soon” Jafar says hesitantly.

Once Hadi leaves, Jafar returns to the dining-room. He folds his arms on the dining table and allows his head to rest on them. The acute pain on his chest feels like a shard of glass cutting his heart into pieces. He is very thirsty and fatigue blankets every corner of his body. His heavy eyelids come down, slowly, like curtains once the play is finished. Anahita is sitting in the shade in the patio and promises to satiate his thirst with the syrupy red liquid of the many fruits raining from the surrounding pomegranate trees